El camino de siempre; caer, detenerse a ver los daños sufridos, analizar las causas y las consecuencias, levantarse y seguir adelante. Seguir adelante con el corazón en una mano, y con lo aprendido en la otra. No queda otra que seguir, y eso es lo que se hace. Ponerse unos zapatos nuevos, sacar la máscara, esconder la expresión y fingir que todo está bien hasta que lo esté.
No es para tanto, podría ser mucho peor, la verdad. No es el drama de mi vida, no me voy a acostar todas las noches llorando y echándole de menos. Cuando las cosas no van, no van, por mucho que uno le ponga empeño, así que solo queda el consuelo de haber luchado, de haberlo intentado, y de haberlo dejado atrás cuando ya nada se podía hacer. A veces hay que rendirse a tiempo, sacar la bandera blanca y evitar más daños. Yo no quiero sufrir, pero tampoco quiero hacer daño a la otra persona. A veces es inevitable sufrir, o provocar ese sufrimiento, pero siempre está en tus manos hacer el menor posible, o el mayor. Al igual que en cuanto a ti mismo. Siempre tienes la elección de cuánto estás dispuesto a soportar. Y no solo de lo que eres capaz, sino de lo que quieres soportar. Hay veces que no merece la pena hundirse más, y hay que empezar a salir.
Cuando una relación hace más daño que el que cura, es mejor dejarla atrás. No es el momento, no es cuestión de rendirse a la primera, pero tampoco de sufrir por sufrir. A veces la soledad es la mejor compañera. Cuando ves que te estás convirtiendo en una persona que no quieres ser, cuando ves que estás empezando a tratar a las personas de una forma que no te gusta, cuando te das cuenta de que no eres tú mismo, es el momento de hacer un cambio, de pasar un tiempo a solas y reflexionar. Y cambiar lo que haya que cambiar, y estar en paz con uno mismo.
Yo ahora no lo estoy, no estoy contenta con mi comportamiento, ni con mi forma de ser en algunos aspectos últimamente, yo sé que esta no soy yo, ni quiero serlo. Y necesito tiempo para recomponerme. Necesito tiempo para mí, para volver a quererme, para perdonarme, para unir de nuevo esas partes de mí que me hacen sentir orgullosa de quién soy.
Necesito tiempo para cultivarme, para cuidarme, para sentir la soledad y estar en paz con ella. Y sobre todo ahora que sé lo que lo causa, lo que saca mis monstruos del armario, los tengo que volver a encerrar, y calmarme. Necesito tiempo para volver a sonreír, para dejar de preocuparme por todo, para relajarme, y olvidarme de todo. Pero también necesito de mi gente, de mi rutina de verano, de mis novelas, de mis fiestas, y lo más importante, mis caballos. No hay nada que me cure más el alma que eso.
Voy a dedicarme a ser feliz, voy a intentar salir airosa de estos malditos exámenes, y si no me salen tan bien, saldré adelante, porque no voy a rendirme, porque sé lo que quiero, y ahora sé cuánto cuesta. Y una vez acaben, me daré todo el tiempo del mundo para mí.
Esto puede sonar completamente egoísta y ególatra, pero ¿Sabes qué? Que hace mucho que dejó de importarme lo que pueda pensar la gente de mí, que yo tengo mis motivos y que ya me toca pensar en mí.
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