Perdí el norte el día que tu boca se perdió en la mía.
Dejé de distinguir dónde terminaba la mía y dónde empezaba la tuya.
Y es que perdí el norte por culpa de esa forma tuya de reír.
Por esa voz que tanto había echado de menos.
Y sentí por un momento que todo había merecido la pena.
Sentí que mi vida tenía sentido, que todo aquello que una
vez había pensado o soñado, tal vez no fuera tan descabellado.
Y volví a creer en el destino.
Gracias por devolver aquellas partes de mí misma que tanto echaba de menos.
Gracias por devolverme la ilusión, por devolverme la inocencia, y la no inocencia también.
Y ahora, no lo estropees por favor.
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