Besos, besos y más besos. Tu boca devorando la mía, mi lengua rozando la tuya, calor, sensación de ingravidez y ahí está otra vez, ese sentimiento de pasión recorriendo nuestros cuerpos. Acércate, que no quede ni un centímetro de distancia entre los dos, no me sueltes, no te alejes. Quedémonos así por un momento. Paremos el reloj y olvidémonos de todo lo demás. ¡ Maldita sea! Llega la hora me tengo que ir, no quiero alejarme, no quiero volver a la realidad, estoy bien en este mundo que estamos creando los dos.
- No me beses así ( dijo ella)
- ¿ Por qué? - Respondió él con preocupación.
- Cuando me besas haces que me enganche a ti, que no quiera soltarte y que me cueste un esfuerzo sobrehumano irme.
-¿ Pero eso no es malo, no?
- No es malo. ¡ Es una tortura!
El regreso a casa llega con unos cuantos deseos, planes, recuerdos y el corazón a mil por hora. Respirar, sentir, olores que se mezclan con el ambiente, sonrisas, imágenes recorriendo la mente. Un latido, otro , otro más. Intentar disimular el torrente de emociones se hace imposible. Se respira la felicidad en el aire, todos pueden verlo. Positividad, nerviosismo, ganas de vivir, de cantar de saltar lo más alto posible. Y todo se funde en un abrazo a un cojín por las noches mientras el sueño se apodera de todo un cuerpo aletargado.
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