Ni tan siquiera sé cómo debo empezar esta entrada. Más o menos tengo claro lo que estoy sintiendo ahora mismo, pero me avergüenza un poco reconocerlo.
Verás, siempre he odiado eso de depender de alguien, de sentir que tu estado de ánimo varía según lo que haga o no haga esa persona, de sentir que si de repente se va, el mundo se te cae encima, y siempre me he empeñado en no dejarme sentir tanto por alguien como para llegar a ese punto. Por supuesto todos tenemos que caer del burro alguna vez, y eso que siempre prometes que no harás, acaba llegando a tu vida tarde o temprano. Me cuesta reconocerlo, pero yo, ya he caído.
Lo reconozco, es una gilipollez hasta para mi, la situación no es para tanto, no hay ningún drama, pero estoy teniendo demasiado tiempo para pensar, para dejar que las dudas se metan en mi cabeza, y sobre todo le estoy dejando demasiado espacio al miedo.
La distancia no es fácil para nadie, pero yo ya tengo un poquito de práctica en estos temas. ¡Fui tan tonta al pensar que no me afectaría tanto! Pensé que estaría ocupada, que me lo pasaría bien, que no sería para tanto. ¡Já! Solo han pasado un par de días, y la casa ya se me cae encima. Echo de menos cada pequeña cosa que hacemos juntos, la rutina de vernos prácticamente todos los días (todo hay que decirlo, estábamos demasiado mal acostumbrados), echo de menos que me hagas reír con cualquier tontería, que me hagas el día a día fácil, que me hagas abrirme cada día más, sin arrepentirme por ello, por romper todas las barreras que estoy rompiendo... en definitiva, por hacerme feliz.
Todo no es de color de rosa, pero es que así es la vida. Hemos superado un par de pruebas, y esta, es solo una más a superar, eso lo tengo claro. Pero eso no impide que no pare de pensar, de darle a todo demasiadas vueltas, y por supuesto de sufrir.
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