sábado, 22 de octubre de 2011

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Y me dijiste que no era mi hora. Me quedé allí plantado sintiendo que el tiempo volvía a ser ilimitado para mi. ¿ Quería eso decir que viviría mucho o poco? No lo supe entonces ni ahora tampoco. Solo sé que ella huyó con el ser que más he querido en sus brazos y dejó tras de sí un mar de dudas y de locura.
Han pasado dos décadas desde entonces, sé que estoy viejo y que no debe de quedarme mucho para volverla a ver y esta vez no creo que vuelva a dejar en este mundo. No sé si sentiré dolor, si en el último momento me agarraré a la vida como un niño malcriado a su juguete más preciado, pero creo que estoy preparado. No he hecho todo lo que quería, no todos mis sueños se han cumplido, pero ahora tengo la certeza de que aunque me concedieran la inmortalidad, no los alcanzaría. Soy ya viejo y estoy cansado de luchar, de sufrir, de sentir ya no tengo nada más que ofrecer y toda la gente que apreciaba han llegado ya al otro lado.
Y entonces lo conocí. Era un genio, una de esas personas que aunque trates muy poco te dejan impresionado para toda la vida. Tenía 30 años y llevaba unos pocos aquí viviendo. No conducía y se negaba a probar cualquier tipo de comida precocinada. Tenía muchas manías en su vida diaria porque consideraba que la vida que todos llevabamos solo nos llevaba al desgaste. Él se veía feliz, sabía que hacía en cada momento lo que le apetecía y actuaba siempre de acuerdo con sus ideales. Decía que no entendía como el ser humano había puesto tanto empeño en vivir siendo infeliz solo para conseguir una felicidad al final, porque para él lo que contaba era cada día y no lo que viniese detrás. Ese hombre me dió una gran lección que jamás olvidaré y aunque una sola persona no puede cambiar a todo el mundo, él me cambió a mi. Siempre supe que él triunfaría en la vida y que ella no se lo llevaría de mi lado. Y así cuando aprendí a seguir sus pasos me llevó. No fue doloroso, ni tuve miedo. Solo recuerdo que me sentía liberado de una gran carga y que todo había acabado por fin.

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