Se levanta pensando en él. Nada nuevo. Ya aprendió a ignorar sus propios pensamientos. Sabe que no funcionaría, lo sabe en lo más profundo de su ser, y le duele. La verdad es así, escuece. Así que se rindió hace tiempo. Se apagó y cerró con llave y candado cada uno de los cerrojos de su coraza. Se obligó a sonreír, aunque ya no fuera por nadie. Se obligó a ser feliz, aunque fuera sin un motivo concreto. Y de repente se dio cuenta de que le iba bien. Se sentía bien, no pensaba demasiado, y tampoco le daba muchas vueltas a su día a día o a las cosas que le pasaban. Y así fueron pasando un día tras otro.
Parece aburrido, o triste, pero lo cierto es que se acostumbró y no aspiraba a más. Apreciaba enormemente las pequeñas cosas, así que todos los días tenía un motivo para seguir andando. Daba pasitos pequeños cumpliendo cada reto, sintiéndose poderosa, pero sabiendo que cada día era un poco más egoísta. Se perdía a sí misma entre los laberintos de la rutina, y ya no sabía si quería encontrarse. Continuará.
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