Está claro que yo perdí la cabeza hace ya mucho tiempo. Creo que fue a la vez que el corazón. Y desde entonces he andado vagando por mi vida, tratando de hacer lo correcto, pero sabiendo que no me era posible. Sabiendo que aún que quisiera, nunca llueve a gusto de todos. Y aprendí a ponerme a mí delante.
Tras muchas decepciones, mi corazón no solo se había ido, sino que se había escondido en un lugar frío y oscuro. Perdí la sensibilidad y la intuición que me caracterizaban, y perdí la habilidad de transmitir. Desde entonces, decidí dejar de pensar, darle un descanso a la cabeza, porque entendí que pensando tanto, solo llegaba a estar más confusa. Y desconecté también esa parte de mí misma. Esa parte reflexiva, curiosa, que se preguntaba el por qué y el cómo de las cosas. Me he dado cuenta de que es un buen método de supervivencia, que me permite ser un poquito más social, más normal, y me permite ser feliz a ratos. Y esos ratos son más intensos de los que habían sido anteriormente.
El problema aparece cuando se me presentan nuevos retos. Cuando tengo que decidir si seguir apagada como un coche antiguo del que da pena desprenderse, pero que no sacamos fuera del garaje o volver a sentir y salir afuera a pesar de que cabe la posibilidad de que algo vaya mal. Y hay algunos días en los que siento emociones intensamente, en los que tengo pensamientos profundos y largos, pero luego, me pongo frente a la hoja en blanco y no suele salir nada que merezca la pena. Tengo demasiado miedo a volver a romperme, a que desaparezcan esas partes de mí que me hacen ser quien soy, el problema es que me estoy dando cuenta, de que tal vez ya hayan desaparecido, y de que las ahuyenté yo misma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario