miércoles, 23 de abril de 2014

Microcuento.

Y así, de repente, se curó un alma rota. El amor es el único capaz de curar ciertas heridas. Heridas que provoca precisamente la falta de este.
Ella hacía tiempo que no se miraba en los espejos, no quería pelearse con su reflejo. Para ella solo contaba su interior, sus buenas intenciones, y sus ganas. Ganas de ser, de gustar, de darse a conocer. Y quien no fuera capaz de ver lo obvio, no merecía ni su tiempo, ni su sufrimiento. Pues era como un libro abierto; Había dejado de esconderse mucho tiempo atrás, ahora solo quería que la leyeran, y que les gustase tanto, que la volvieran a leer.
Él era de los que pensaba demasiado, aunque no lo demostraba. Siempre le había gustado sentir, pero vivía en un mundo en el que eso estaba mal visto, así que se dedicaba a vivir, y a disfrutar del momento, aunque con los ojos bien abiertos. En el fondo, sabía lo que quería. Y encajaba bastante bien con aquella chica que apenas conocía, pero que había conseguido atraer su atención.

El resto ya es historia. 

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