domingo, 11 de diciembre de 2011

Nos encontrábamos en una cueva que estaba formada en lo alto de una cascada. El agua caía con una fuerza espectacular, arrolladora. Estábamos a gran altitud, casi en el principio de la cascada, pero lo suficientemente bajos como para poder observar el principio y el final de esta. La cueva tenía una gran profundidad, ocupaba el espacio de un par de habitaciones unidas. 
De repente la estancia se quedó vacía, la gente pareció saber que debía marcharse, que nos estaban molestando. Él me cogió de la mano, me hizo asomarme al borde de la barandilla, donde las gotas de agua nos daban con ferocidad, mojándonos las caras. Sentí un leve mareo al ver la gran altura que había desde allí, pero él estuvo atento, tapándome los ojos desde detrás. Me dijo que respirara hondo, que pensara el aire puro que estaba respirando, que notara como el agua se resbalaba por mi rostro dejando un leve frescor que me ayudaría a encontrarme mejor. Me concentré en hacer lo que me decía, notando como respiraba en mi pelo. Empecé a ponerme nerviosa y él lo notó enseguida. Me destapó los ojos lentamente para no sobresaltarme y me hizo girar sobre mí misma para ponerme de cara a él. Me apoyó contra la barandilla olvidando el miedo que me provocaba aquello. No pude evitar mostrar mi miedo, pero él se limitó a ignorarme acercando sus labios a los míos demasiado. Cuando pensaba que nos íbamos a fundir en un beso, se retiró rápidamente y me levantó de nuevo. Más tarde me dijo que quería probar mi confianza en él. 
Me cogió de la mano y me hizo avanzar por el interior de la cueva, yo estaba decidida a darme media vuelta, pues pensaba que allí dentro no podía haber nada nuevo pero él me retuvo. Me atrajo hacia sí y la música empezó a sonar. Más tarde me di cuenta de que la canción la tenía grabada en su móvil desde el día en que le confesé que era mi favorita, pero en ese momento todo daba vueltas, nada parecía real. Ya no recordaba cómo habíamos pasado de estar encerrados en nuestra propia cárcel, a estar en medio de una montaña solos y sin nadie que pudiera impedirlo. Nadie sabía donde estábamos, ni siquiera nuestros mejores amigos se imaginaban lo que estaba pasando en ese momento. Nos abrazamos danzando al ritmo de la música, dejando escapar un par de lágrimas que a estas alturas eran incontenibles. 
Así estuvimos hasta que la música se extinguió dejando rebotar las notas contra las paredes del fondo de la cueva. Poco después caímos en la cuenta de que debíamos irnos antes de que anocheciera y una vez más dejamos que el destino marcara nuestro siguiente encuentro.

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