lunes, 12 de diciembre de 2011

tiempo que me desespera.

El segundero del reloj estaba matando mis nervios. No podía soportar su sonido por más tiempo. Solo quería que el tiempo pudiese acelerar y dar saltos alocados sin ton ni son, solo quería que las semanas pasasen para reencontrarme con él.
Me dejé caer sobre la mesa con expresión de total aburrimiento, deseando que acabara de una vez. Tocó el timbre una y otra vez. Una clase fue acabando, otra, empezando y así poco a poco fue terminándose la jornada. Estaba agotada, necesitaba parar, alejarse de allí, perderse entre la naturaleza y olvidarse del tiempo por unos días. Le gustaba recordar esos momentos en los que se levantaba a cualquier hora, confusa, sin saber si era de noche o de día y ni tan siquiera distinguir un día de otro. Eso era lo que necesitaba, necesitaba  darse un respiro. Y si ese respiro, incluía tenerlo a él, no podía imaginarse nada mejor.
Recordó cuando pasaban las tardes juntos, en la playa, en el campo, en cualquier ciudad... sin preocuparse de nada, solo disfrutando del momento. Ya no podían hacer eso, estaban sujetos por las cadenas de la rutina, y estas cadenas era muy fuertes y pesadas. Hacía demasiado tiempo que no tenían un cara a cara. Ahora todo se limitaba a un par de conversaciones en línea en un ordenador. Aquello la entristecía, le hacía dudar de si realmente tenían un futuro juntos, de si podrían esperarse y se limitaba a escuchar canciones que la transportaban a otro lugar del mundo, a uno en el que necesitaba estar. 
No podía soportar más la situación, halló el valor, cogió su teléfono y le llamó. No obtuvo respuesta. Al cabo de un par de llamadas más, su entusiasmo se había esfumado y ya no recordaba ni por qué le estaba llamando. Apagó su teléfono y compró un billete de tren. Se fue lejos de allí, no sabía por cuanto tiempo, tampoco sabía si volvería alguna vez, pero se negó a dejar un melancólico mensaje de despedida.

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