lunes, 28 de abril de 2014

Después de tanta oscuridad, de bloquear sentimientos y pensamientos hasta dejar de sentirlos, y del frío, he decidido parar de una vez. No sentir estaba bien, porque me hizo centrarme en mí misma, repararme, quererme, ser completamente egoísta, y hacer las cosas que necesitaba hacer en un determinado momento. Pero lo cierto es que esta no soy yo. Ayer, recordé cuánto me gustaba estar ahí para alguien que me necesitaba, que estaba mal, y la gratificación que da haber colaborado, aunque fuera solo un poquito. Recordé cuánto me gustaba ayudar a los demás, comprender emocionalmente las cosas, y no solo intelectualmente, y en general, ser una buena amiga.
Porque al fin y al cabo, eso siempre me ha caracterizado, siempre fui una buena amiga por encima de todo. O eso creo yo. Aunque he cometido errores, como todo el mundo. Pero últimamente he estado tan centrada en mí, que no es que mis amigas me hubieran dejado de importar, creo que eso no podría pasar jamás, pero quizá no les he prestado la atención y comprensión que han podido necesitar. Parece que se me ha olvidado un poco cómo hacerlo. Pero todavía sé escuchar, todavía sé dar consejos, aunque ya no estoy segura de querer darlos. Yo no tengo la clave del mundo, y no puedo llevar siempre razón. Aunque ojalá. Aunque fuera solo por poder ayudar de verdad, y no sentirme inútil.
El caso es que estoy entrando en una nueva fase; y me estoy recuperando a mí misma. Cada día me siento un poco más como la "yo del pasado" pero solo en la parte positiva que me toca. Es decir, no voy a tirar por la borda todo lo que he aprendido. Pero quiero recuperar aquellas partes de mí, que siempre me han gustado. Además sigo en mi lucha interior intentando ser mejor persona cada día, hacer las cosas bien, pero ahora solo con quien lo merece.

miércoles, 23 de abril de 2014

Microcuento.

Y así, de repente, se curó un alma rota. El amor es el único capaz de curar ciertas heridas. Heridas que provoca precisamente la falta de este.
Ella hacía tiempo que no se miraba en los espejos, no quería pelearse con su reflejo. Para ella solo contaba su interior, sus buenas intenciones, y sus ganas. Ganas de ser, de gustar, de darse a conocer. Y quien no fuera capaz de ver lo obvio, no merecía ni su tiempo, ni su sufrimiento. Pues era como un libro abierto; Había dejado de esconderse mucho tiempo atrás, ahora solo quería que la leyeran, y que les gustase tanto, que la volvieran a leer.
Él era de los que pensaba demasiado, aunque no lo demostraba. Siempre le había gustado sentir, pero vivía en un mundo en el que eso estaba mal visto, así que se dedicaba a vivir, y a disfrutar del momento, aunque con los ojos bien abiertos. En el fondo, sabía lo que quería. Y encajaba bastante bien con aquella chica que apenas conocía, pero que había conseguido atraer su atención.

El resto ya es historia. 

martes, 22 de abril de 2014

El caos de la vida.

Hay días en los que de repente, algún pequeño detalle te trae recuerdos del pasado, se reabren viejas heridas, vuelven viejos sentimientos. Si soplas, se van con el viento tal como han venido, y no dejan más huella que la arena del tiempo. 
Qué no entiendes nada, tranquilo, yo tampoco. Hay cosas que creemos haber superado, que hemos enterrado, y  en las que ya apenas pensamos. Creemos erróneamente que ya no nos pueden hacer daño, pero un día, una palabra, una discusión con otra persona, incluso la escena de una película, nos devuelven a aquel momento. Y lo cierto, es que puede que lo recordemos nítidamente o no, pero el sentimiento que nos dejó, ese no se olvida. Ese quedó marcado en la piel, pero en la del corazón. Y duele, aunque sea un poco. Y tratamos de no pensarlo, de no sentirlo, pero el daño ya está hecho, la herida se ha abierto un poco. Y ahora qué. 
Vuelta a empezar, la vida es así. Sufrir, superar cosas, aprender, olvidar, cerrar los ojos y caer de nuevo en la misma trampa, o en una parecida, qué más da. Y a veces nos faltan fuerzas, y perdemos el rumbo, y se nos olvida el sentido de la vida. Y queremos rendirnos, como cuando éramos pequeños, y jugábamos al veo veo. Pero ya no podemos, ahora toca seguir adelante, aunque no acertemos. Aunque sigamos equivocándonos, tenemos que seguir jugando. 
Pero, ¿y los días en que todo va bien? ya nadie habla de esos días con tanta crisis, y tanto drama en el mundo. Pero todos tenemos esos días alguna vez, sino de qué. Esos días en los que saltamos de alegría, en los que nos sentimos con fuerzas para cambiar el mundo, y quizá con el motivo más absurdo, pero a nosotros nos sirve. Días esperanzadores, que nos llenan de ilusión, que llenan de aceite al motor que mueve nuestras vidas, días que merece la pena vivir, y en los que nos enorgullecemos de la vida que llevamos. Hay días con la suficiente fuerza para cambiar nuestra vida, o por lo menos nuestro enfoque ante esta. 
Y así entre días rosas, días negros y días grises, pasa la vida. No lo olvides, no somos eternos. Nada lo es. Y al final, te das cuenta de que solo te queda el presente. Que el pasado ya fue, que el presente es el arma más poderosa que tienes. Que puede cambiar tu futuro, y sino, pues por lo menos dejar un bonito recuerdo. Y que el futuro no se debe descuidar, pero tampoco nos debe obsesionar. Que hay que vivir el día a día con plenitud, con responsabilidad, y, con algo de irresponsabilidad también, qué coño, hay que soltarse la melena de vez en cuando, y lanzarse a la pista de baile, aunque se baile sola. 
Aprendes poco a poco, y golpe a golpe, que no debes depender de nadie, y que si dependes, debe ser en la menor medida posible. Aprendes, que hay personas que son puentes, que solo sirven para algunos propósitos, pero que tarde o temprano, los cruzarás y habrás de dejarlos atrás. Y que otras personas, estas más bien pocas, estarán siempre, como el cielo sobre tu cabeza, o más vale que lo estén, si queremos que siga funcionando el mundo. 
Y que al final, ante algunas cosas siempre estarás sola, y a veces es bueno. Que hay que saber ser persona, solo y acompañado. Y salir enriquecidos de todo esto. Porque sino, ¿De qué sirve vivir? Aunque lo cierto es que la vida es una rueda, y que somos como los hamsters, que por mucho esfuerzo que pongamos, no salimos de ella ni intentando ir hacia atrás. Que hay cosas que no se pueden evitar, como el sentir, y otras, que no se pueden cambiar. Qué le vamos a hacer. Ojalá pudiéramos morir de sabios, ojalá las equivocaciones sirvieran para algo. Pero lo cierto, es que a veces hay que dejarse llevar. Y esperar que todo salga bien. Y si no, pues ya se sabe a seguir para adelante, con el dolor a cuestas y con la sonrisa en la cara. Como debe ser. 

miércoles, 16 de abril de 2014

Sentir = sufrir, la vida.
Difícil decisión la de sentir, para vivir, y en en camino sufrir, o apagar el botón, dejar de sentir y vivir la vida con menos intensidad, pero sin sufrimiento.
Hace tiempo apagué el botón de mi humanidad, me convertí en una pequeña psicópata, egoísta, fría, y sin ningún tipo de culpa o compasión. Pero echaba de menos mi forma de ser y abrí un poco la ventana hacia el sentir. Tal vez no del todo todavía, pero lo suficiente. Y no sé si me estoy arrepintiendo, pues más pronto que tarde, he empezado otra vez a menospreciarme, a poner por encima a los demás, a sufrir por ellos...
Y tampoco quiero actuar como si no hubiese aprendido nada. Y lo cierto es que tampoco quiero ser la persona que fui mientras no sentía, pues no quiero volver a hacer daño a nadie. Maldita sea, que difícil es encontrar el equilibrio.

lunes, 7 de abril de 2014

La primavera.

¡Ya ha empezado! Ha llegado la primavera a mis venas.
Todo empezó hace unos días cuando un par de lágrimas se deslizaron por mis mejillas al finalizar un capítulo de una serie. Por fin, el llanto, un primer paso hacia adelante. Por fin algo de empatía, algo de dolor ante el dolor de los demás, valga la redundancia. Y es que hacía tanto tiempo que no me permitía sentir... y mucho menos si se trataba de sufrir por alguien que no fuera yo misma. Y eso, paradójicamente, me hacía sufrir. ¿Por qué? porque yo no soy así, porque si algo me caracteriza es la empatía, el saber escuchar, el saber ponerme en la piel de los demás etc. Es algo de lo que siempre me he sentido orgullosa, ya que siempre me gustó ayudar a la gente, y siempre me rompo los sesos intentando comprenderla. Es algo que siempre ha formado parte de mí, pero que tuve que apagar, y lo echaba mucho de menos, me hacía sentir peor persona, y durante un tiempo, me funcionó, pero ya es tiempo de volver a ser yo misma. Es tiempo de ser quien quiero ser.
La cuestión está en encontrar el equilibrio en la balanza que compartimos los demás y yo. Durante mucho tiempo puse a los demás en el lugar superior, hasta que salí demasiado dañada. A partir de ahí, me puse yo, pero al cabo de un tiempo, tampoco me hacía sentir mejor. La solución es el equilibrio, pero es muy difícil de conseguir. Tengo que conseguir no dejarme pisar, mantenerme firme ante mis convicciones, y sentirme bien conmigo misma, y al mismo tiempo, ser humilde, respetar a los demás, y no pisarlos yo. Siempre preferí hacerme daño yo, que hacer sufrir a aquellos que me importaban, pero ahora no estoy tan dispuesta, y a veces no sé defenderme de la forma correcta. 
Ante tanta complejidad de pensamientos, solo me queda sentir la música, la naturaleza, y dejar que las cosas pasen. Ya no soy la persona que fui, tengo que asumirlo, aunque a veces, me eche de menos. Pero siempre puedo intentar ser una persona mejor, utilizar lo que he aprendido, y seguir aprendiendo cada día. Y disfrutar del momento, caminar mirando al frente, dejarme querer... esas pequeñas cosas que antes no sabía hacer. 

viernes, 4 de abril de 2014

Debajo de cada persona mala, hay una pequeña personita que no eligió ser así, pero que descubrió que era más eficaz serlo.
¿Os habéis preguntado alguna vez por qué alguna persona es como es? Desde que estudio Criminología, sé que somos un todo de sensaciones, sentimientos y pensamientos que van cambiando con el tiempo y que dependen demasiado de la sociedad en la que vivimos y de nuestras experiencias personales. Lo cierto es que la genética tiene mucho que ver. Heredamos parte de nuestro carácter, de nuestra forma de ser; otra parte tiene que ver con la educación que recibimos y lo que nos dicen que está bien y lo que está mal. Otra parte de nosotros, y tal vez la que más nos marca, es nuestra relación con los demás.
Cuando vemos a una persona fría, calculadora, estúpida y mordaz, tal vez lo último que pensemos sea en esto. Pero tal vez, no nació así, tal vez sufrió experiencias que le hicieron volverse así. En este mundo en el que vivimos estamos rodeados de violencia, de injusticia, muerte, enfermedad y barbaries. Y todo eso, nos cambia, nos hace ser de otra manera para poder sobrevivir.
El pasado es algo de lo que es difícil huir, siempre vuelve, atormentándonos. El pasado nos convierte en quién somos. Y el presente, en quienes seremos. Pero no es tan fácil como querer cambiar. A veces la vida no nos deja opciones. No todo el mundo puede vivir la vida que quiere vivir.

sábado, 29 de marzo de 2014

Me rindo.

I give up. No sé por qué sigo empeñándome en gustarle a los demás.
En cuanto me descuido me encuentro diciendo algo que igual no quería decir, pero que sé que a la otra persona le iba a gustar. Tan solo me dejo llevar, pero después me siento tan estúpida...
Y creo que todos lo hacemos a veces. Pero yo ya no lo hago porque no me guste a mí misma, porque me he empezado a gustar tal y como soy, solo es que me gustaría gustarle a los demás también; el eterno dilema.
Pero, ¿sabes qué? entre gustarle a los demás y gustarme yo, me elijo yo. No quiero ser esa niña patética, inmadura que tanto he criticado siempre.
Me he dado cuenta de que el problema está en que intento gustarle a idiotas. Y claro que lo consigo, porque son muy simples. La cuestión es ¿No me convierte eso en idiota también? Si simplifico mi forma de hablar, y de pensar para que me entiendan. ¿Qué coño hago? Esa no soy yo. No niego que durante un rato me va bien, pero llega un punto en que la oscuridad se cierne sobre mí sin remedio.
Y lo cierto es que soy imbécil, porque si pretendo conseguir algo mejor, no sé por qué me rebajo de esa manera. O sí, porque no conozco a nadie mejor, y al final la soledad, el aburrimiento y el hastío, me pueden.
No prometeré no cometer ese error otra vez, porque sé que sería mentira. Pero solo me destrozo un poco más a mí misma cada día, que el mal me lo hago yo, pero por lo menos ahora he decidido llevarme a unos cuantos por el camino.
Si desatas el monstruo que hay en mí, te arrepentirás de haberme conocido, y sobre todo, de haberme subestimado.