Y es que ahora ya no me cabe duda de que estás jugando conmigo. Vuelve a suceder, de nuevo te has salido con la tuya. Que no aprendo, eso ya lo sé. Prometí a la luna que no me dejaría engañar de nuevo por tus encantos, pero es que esto se te da muy bien. Se te da bien hacer a una chica suspirar por la noche, soñar con tus besos, con tu piel, pero se te olvida poco después. Para ti es fácil ilusionar, para después desaparecer. Te sale bien la jugada. No voy a negar que eres todo un profesional, tu interpretación ha sido totalmente creíble, se me había olvidado qué máscara llevabas y cómo quitártela, pero de golpe me ha venido a la mente un recuerdo. Ese momento de película que tan célebre se hizo en uno de mis textos, ese momento que parecía perfecto y que escondía una daga envenenada. Pues has vuelto a hacerlo. No sé ni cómo ni por qué pero has vuelto a desaparecer. De verdad que no te entiendo. No eres simple en absoluto, los chicos simples se me dan muy bien, te lo aseguro. Pero tú, tú juegas con ventaja. Sabes qué hacer, qué decir, y conmigo lo tienes fácil.
Apareces justo en mis peores momentos, en esos momentos en los que daría la vida por sentir cualquier emoción, la desesperación en mi debe olerse a kilómetros puesto que acudes presto a la llamada. Una ventanita se abre, y ahí estás tú, dedicando todos tus encantos a seducirme lentamente, a hacerme creer tu papel. Mi imagen de ti es muy buena, más de lo que debería ser, supongo. Y por eso la verdad me da en la cara sin ninguna reacción por mi parte. Como no tengo nada mejor que hacer, abrazo la almohada imaginando cualquier situación descabellada, me ilusiono y hago mi vida cotidiana un tanto más ligera. Parece lejano, difícil, platónico y no hay nada de qué preocuparse. Pero entonces, nace una llamita de esperanza en mi interior, imagino que se hará realidad en algún momento lo que tanto sueño, o imagino que no sucederá nada cuando te vea, me creo cierta, aunque en el fondo es lógico que no va a suceder así. Cuando te veo caigo como una tonta sin ofrecer la más mínima resistencia, por lo que no puedo reprocharte nada, pero es que soy débil, contigo más de la cuenta, no sé por qué. Y es entonces cuando me dan ganas de taparme la cabeza con una bolsa y volverme a esconder en mi madriguera, siento vergüenza al recordar lo tonta que he sido, y me echo el sermón mentalmente. No sirve de nada todo eso a estas alturas, ni tampoco la certeza fingida de no volver a repetirme puesto que sé que caería una y mil veces si fuera necesario. Así que aquí estoy acumulando rencor como excusa para odiarte mientras me culpo de ser tan ilusa, débil e inocente.
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