Las olas del mar venían y se iban así como lo hacías tú. Me senté en la arena a observar su vaivén sintiendo tal paz interior que pronto se me olvidó el porqué de mi tristeza. El viento comenzó a enredarme el pelo moviéndolo a su antojo. El ruido de las olas se metió en mi interior llenando el vacío que había en mi. Mi mente se fue lejos de allí, como era lógico tras varios minutos de soledad y relajación. No tardé en pensar en ti. Te imaginé viéndome allí sentada, desde lejos, acercándote a mi tras unos segundos, sorprendiéndome y asombrándote de la casualidad de habernos encontrado allí. Imaginé como el corazón me latiría a mil por hora, y como me sonreirías tú al primer golpe de vista. Me sentí tan bien imaginando aquello, me di cuenta de que hacía demasiado tiempo que no te veía en persona y que echaba de menos tu sonrisa, tu pose de durito y tu mirada penetrante.
Me levanté de allí, y empecé a andar por la arena con los pies descalzos, notando el maravilloso tacto de la arena en mi piel, mi pelo ondeaba como una bandera detrás de mi y la boca había comenzado a secarse, pero yo decidí seguir andando, alejar aquellos pensamientos de mi y dejarlos atrás tal y como debería haberte dejado a ti.
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