Algo que nos aterra más que el día de halloween, el final de la carretera que circulamos y que en algún momento tendremos que abandonar. El final está ahí, detrás de cada esquina, de cada situación difícil que atravesamos, de cada acción imprudente que comentemos y de un sinfín más de errores que no dejamos de cometer. El final aterrador de las cosas tanto de las que odiamos como las que adoramos. No queremos que nada acabe, tenemos esa capacidad extraordinaria de acabar acostumbrándonos a lo malo y de aborrecer lo bueno. No sabemos cómo funciona nada en nuestra mente, ni tan siquiera terminamos de entender nuestro cuerpo. ¿ Qué podemos decir nosotros que de verdad sea cierto? ¿Cómo acallar esa vocecilla que nos carcome día a día? ¿Cómo escapar de las pesadas losas que la sociedad de nuestro tiempo nos pone encima? ¿ Cómo hacer lo que uno de verdad quiere, sin arruinar todo lo demás?
Es muy bonito leer una frase escrita por otro, ver una película o escuchar una canción, en la que el protagonista nos hace reflexionar sobre todo eso de romper con la aplastante rutina, romper las reglas y conseguir lo que uno en realidad quiere, pero, ¿ No es cierto que casi siempre está demasiado lejos de nuestro alcance? ¿ No lo parece, al menos?
Nos aferramos a lo que ya conocemos como a un salvavidas aunque quizá lo que no conocemos sea mejor, pero ¿ Para qué arriesgarse, para que poner en riesgo todo lo que ya tenemos sin saber si conseguiremos algo? Y así con este miedo, nos mantienen haciendo cosas que no queremos hacer, nos ilusionan pensando que todo irá a mejor, y nos motivan cuando ya no podemos más. ¿ Somos libres realmente? ¿ Podemos salirnos de lo común? Sinceramente, no lo creo.
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