Sus ojos liláceos lloraban lágrimas cristalinas cada vez que el viento lo rozaba. La chica entornó los ojos dejando juntarse las lágrimas. Cuando volvió a abrirlos lo veía todo más claro. Se sentía débil y pequeñita y cuando comprobó que nadie la miraba, pasó sus brazos por alrededor de su cintura y continuó caminando. Sintió una calidez que necesitaba al hacerlo y, por un momento, se sintió mejor. Una paz inesperada la inundó y se dio cuenta de que ya no quería llorar. Con decidida determinación subió los escalones de su casa, abrió la puerta, recorrió el pasillo que tantas veces había recorrido. Cogió un bote de pastillas y una botella de agua, y, movida por alguna fuerza desconocida y por un nerviosismo incontrolado, fue tomándose una pastilla tras otra hasta perder la cuenta. De repente, se paró a pensar en lo que estaba haciendo. Se preguntó si de verdad estaba preparada para morir y antes de venirse abajo, se dijo a sí misma que eso era lo que quería y cogió un papel y un bolígrafo y escribió lo que podrían ser sus últimas palabras. No tenía muy claro qué debía escribir en aquel papel; no sabía si disculparse, si decir sus motivos. Tal vez a nadie le importasen -pensó- Y mientras pensaba aquello se dio cuenta de cuanto esperaba que alguien la llorase, que alguien la apreciara a pesar de su muerte... y firmó la hoja. Se tumbó lentamente y se dejó llevar sin pensamiento alguno por un sopor desconocido. Y así dejó este mundo. Pasó a ser un alma maldita más en el infierno.
Una hora después, su madre pasó a buscarla y la encontró fría y con una expresión terrorífica en el rostro. Soltó un alarido indescriptible y con un terrible esfuerzo, se acercó a su hija y en vano intentó tomarle el pulso. No podía creérselo. No entendía por qué su hija había hecho aquello y fue entonces cuando vio la hoja de papel tirada en el suelo. Enjugándose las lágrimas y tapándose la boca para no gritar sin control, comenzó a leer:
Querída madre:
Supongo que serás tu la que me encuentre, siento todo lo que vas a sufrir ahora, pero tranquila, solo serán unos meses, después tu y yo sabemos que te dedicarás por completo a tu pareja y que dirás que jamás has tenido hijos. He de decirte que no te odio, ahora ya no. Has sido una egoísta y jamás te lo perdonaré, pero si hoy dejo este mundo, me habré librado de ti y sobretodo de él. Diles a los demás que no sufran por mi, esta muerte no duele, o eso he leido,. La vida no era para mi y llevo demasiado tiempo sabiéndolo solo que no tenía el valor de dejarla. Hoy seré libre, como yo quería. No lloréis por mi, ahora ya no tendrá solución. Haced vuestras vidas y no dejéis que se vuelvan un infierno como lo fue la mía. Adiós.
Después de leerla, llamó a la policía y se tiró al suelo silenciosamente, dejándose consumir por el dolor.
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