viernes, 11 de noviembre de 2011

drink then die.

Solo así, podía engañar a su corazón. Se sucedieron los vasos de ginebra. La vista pareció nublarse, una pesadez, empezó a apoderarse de su cuerpo. Todo era más fácil ahora. Se concentró en mover un pie detrás del otro, con normalidad, evitando tropezar. A lo lejos, se escuchaba una canción. Le sonaba, pero no era capaz de pensar en el título en ese momento. Estaba todo tan borroso...
Se dejó llevar por el ritmo, se giró sobre sí misma y marcó un par de pasos de baile antes de caer estrepitosamente al suelo. Le vino un súbito deseo de que viniese su príncipe a levantarla, pero supo que eso no iba a ocurrir. Se incorporó como pudo, y esperó a que todo dejase de girar. La música se extendió y ahora solo había silencio. Un silencio que le hacía sentirse culpable. Entornó los ojos y un par de lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Se levantó como pudo y cogió el teléfono. Llamó por décima vez aquella noche a la única persona que podría sacarla de aquel estado, pero no halló respuesta. Decidió asumir que aquella vez no la perdonaría, había llegado demasiado lejos, y ya no había vuelta atrás. Necesitaba disculparse, quitarse es pesada carga, pero ya no quería escucharla. Se tiró de mala gana en el sofá y encendió la tele. Tras varios intentos por encontrar alguna programación decente, desistió, tiró el mando al suelo y se recostó en el sofá. Cayó en un trance, se le pusieron los ojos en blanco. Empezó a temblar bruscamente y de repente su alma partió a un lugar lejano, sin saber si volvería.

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