miércoles, 16 de noviembre de 2011

historias para no dormir

La casa estaba en silencio, solo se podía oír el sonido de un viejo reloj, que aunque nunca daba la hora, nunca se detenía. Las ventanas estaban rotas, el aire frío de la noche pasaba perfectamente a través de ellas. La puerta, seguía entornada, como años atrás la había dejado su último dueño.
Medio kilómetro al este, un niño se levantaba de la cama sonámbulo y salía al porche. El niño era moreno, de ojos marrones, con unos labios grandes y carnosos. Tenía 5 años y desde que empezó a hablar, decía que veía gente a la que otras personas no veían y hablaba con ellos al igual que con el resto de personas que conocía. Era un niño solitario, tímido y callado, al que nunca nadie elegía para jugar. Los niños de su clase le tenían miedo, porque su aspecto era siempre de estar como ido. Cuando iba al colegio, se sentaba en la esquina de la clase, y conversaba con lo que él llamaba "sus verdaderos amigos". Como era normal en todas las clases, había un niño que se acercó, inocente de él, y se burló. Nadie vio al niño hacerle nada, nadie pudo culparlo. Solo vieron como el niño que se le había acercado, cogía un bolígrafo, se lo clavaba a sí mismo en la garganta y se tiraba por la ventana. Cuando miraron hacia su dirección, el niño mostraba una sonrisa, con los labios extendidos al máximo en una mueca terrorífica que tan solo duró unos segundos. Lo suficiente para que los demás niños tuvieran pesadillas los meses siguientes.
Aquella noche, el niño tuvo un sueño, supo que debía ir a la casa que estaba al lado de la suya, y sin saber que eso estaba pasando en la realidad, se levantó de la cama, bajó las escaleras, salió al porche de su casa y emprendió el rumbo a través del jardín. Estaba profundamente dormido y en lo que el creía un sueño, le ordenaron que entrara en la casa. Él obedeció, con su pequeña mano abrió la puerta, metiendo la mano por el hueco que había entre la puerta y la pared. Antes de que le diese tiempo a abrirla, un viento inesperado la cerró, con una fuerza inhumana pillándole los dedos de la mano. El niño soltó un alarido de dolor, y se despertó súbitamente. No sabía dónde estaba, pero sentía mucho dolor y mucho miedo. Algo le empujó al interior de la casa. Podía oír quejidos, suaves gemidos y algunos que otros sonidos extraños. Por primera vez en su vida, no vio de quien provenían y eso lo asustaba todavía más. En las paredes se rayó la siguiente frase: -Yo no te voy a clavar un bolígrafo, pero tú, vas a morir esta noche. El niño, ya no tenía miedo, sabía que no merecía la pena tenerlo, y con calma se sentó a esperar. De repente oyó como las agujas del reloj, eran arrancadas y cerró los ojos inspirando profundamente. Cuando los iba a abrir, las agujas se le clavaron en los ojos. No le dio tiempo a gritar porque después de aquello flotó por los aires hasta salir despedido por la ventana. Así, se vengó el espíritu aquella noche.
Ahora cuando alguien entra en aquella casa, aun puede escuchar el sonido de las agujas del reloj, aun puede sentir la fuerza con la que todo ocurrió en esa casa pero nadie sabe, que las agujas que ahora vuelven a estar en su sitio, antes estuvieron en dos preciosos ojos de un niño pequeño.

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